sábado, 17 de octubre de 2009

ESPECTADOR EXTREMO


Se me ha pegado la costumbre de trepar azoteas y tejados de las casas vecinas, desde que era un muchachito. Tal vez sea la adictiva sensación de inseguridad de mis pies temblando sobre las cimbreantes chapas herrumbrosas…. o los sobresaltos que me provocan los disparos ensordecedores de González tirando al aire por pensar que hay ladrones… no sé… la cuestión es que aún hoy, apenas empiezo a subir la angosta y apolillada escalera que da al altillo, mi estómago se tensa y mi saliva se espesa.


Cuando llego arriba, en medio de la oscuridad, tengo que mover un montón de trastos polvorientos que obstaculizan mi camino a la puerta. No me explico cómo hace mi abuela, vieja como el mundo, para no morir de un ataque de asma cada vez que vuelve, empecinadamente, aquellas pilas malolientes hacia su lugar original. Ni sé porqué sube esa escalera interminable para acomodar una y otra vez, algo que en verdad no le interesa ¿o si? En mi glotona curiosidad por las intimidades de los vecinos nunca entraron los mal guardados secretos de mi propia familia.
Una vez que alcanzo mi objetivo: la puerta, y logro salir, agitado por el esfuerzo, respiro largamente el aire recién peinado por los plátanos y me dejo llevar… Camino, sintiendo la todavía tibia inestabilidad de la bovedilla bajo mis plantas, hasta que algo me atrae y conduce cual brújula hacia el norte: una conversación en voz baja… el vapor despedido por una ducha caliente con jabón floral… el vaho de tilo para algún niño enfermo…

Todavía recuerdo los enojos de doña Carmita: una loca brava que al menor conflicto lanzaba unos imponentes gritos a su marido, pero cocinaba como los dioses. Yo contemplaba el espectáculo —único teatro al que concurría en mi infancia— muerto de frío, apoyado en precario equilibrio sobre el armazón de la claraboya y con la oreja derecha pegada al vidrio para no perderme de nada.

No podía dejar de mirar a ese “Gorilón” de casi dos metros de altura volverse chiquitito en la silla frente a la atronadora voz de su mujer, una gallega diminuta y suave, que se transfiguraba cual Hera doméstica al declamar insultos a los cuatro vientos en repetida escena nocturna. Y luego vislumbrar cómo, apenas pasado el primer hervor de la ira, ella buscaba la reconciliación a través de una humeante y colorida carbonada criolla. Y después sentir que se me hacía agua la boca ante el golpeteo de las cucharas contra los platos y el choque de los gruesos vasos de vino tinto brindando por el amor.

Después, mientras tomaba el reconfortante sopón de la abuela, me entretenía imaginando cómo podría continuar la reconciliación tras la magnífica ambrosía que Carmita seguramente habría servido como postre, ya que el acceso al resto de la casa me estaba vedado por las gruesas y mohosas paredes.

viernes, 9 de octubre de 2009


El Sapo saltó del estanque a la roca y de la roca al altar.
Besó a la princesa dormida. Una. Dos. Tres veces.
Pero no pasó nada.
de la serie "Sapos y princesas" (3)

LA BELLA NO DUERME


Cuando la bruja se pinchó con la rueca se convirtió en una joven muy hermosa, pero insomne y amargada.


de la serie "Sapos y princesas" (4)

FERIADO

...Aijóoo aijóoo... no vamo'a trabajar

Aijó aijó. Aijó aijó. Hoy vaamo'haraganear...

de la serie "Sapos y princesas" (2)

viernes, 2 de octubre de 2009

riesgo de asfalto

Son las seis de una calurosa tarde de verano; casi recién dejé la playa. Estoy sola, haciendo dedo, con esa mínima cuota de temor que me mantiene alerta.
Un auto se detiene. Baja una mujer y queda la puerta abierta, esperándome.
—¿Tá todo bien ahí?— le pregunto.
—Si, dale.
Entro, saludo al conductor, y a gatas logro mantener quieto mi corazón en el pecho cuando escucho cuatro voces masculinas que desde el asiento de atrás me saludan.

de la serie "On the road" (1)

EFECTO PARADOJAL


Cuidadosamente lo levantó de la piedra. Cerró los ojos y venciendo el asco lo besó.
Él, dio un salto y desapareció entre los juncos.
Ella, croando, lo siguió.

de la serie "Sapos y princesas" (1)

martes, 15 de septiembre de 2009

tras la presa


La mañana está fresca pero limpia. El viento del mar acaba de correr las últimas nubes. El sol brillante condensa las minúsculas gotas de rocío que perlean el pasto verdísimo. Yo camino —con las manos en los bolsillos y la tibia bufanda de lana tapándome casi la totalidad de la cara— pisando los frescos y crujientes tréboles del campo. Me felicito por haberme puesto botas de goma, de lo contrario mis pies estarían empapados.
Llego hasta el borde del acantilado y respiro hondo, muy hondo. En las narinas me duele el aire invernal, pero no dejo que me amedrente. Lo que sí me asusta es el abismo, no oso mirar hacia abajo por miedo a la tentación de Thánathos.
Me alejo del peligro y busco a mi caballo, que está aprovechando su rato de libertad para trotar en la hondonada. Su negro pelaje brilla como recién lustrado y su crin se sacude al ritmo del movimiento. Veo como a cada uno de sus contundentes pasos saltan cientos de gotas de agua —pequeños tornasoles brillantes— y mínimas partículas de polvo provenientes de la tierra.
Monturo responde con un corto galope a mi agudo silbido. Lo trepo con relativa facilidad aunque es un animal muy grande.
Entonces la veo. Es tal como me gustan: gorda pero ágil, bella.
Me mira con esos ojos pardos y profundos que transmiten toda una vida de salvaje y feliz contacto con la naturaleza.
Me digo que tiene que ser mía, como es mío todo lo que está al alcance de mi vista.
Ella parece adivinarlo porque se echa a correr. Animado la sigo en alocada carrera hasta que nos internamos en el bosque sombrío y espeso. Las ramas de los pinos hieren mi rostro.
Me distraigo un instante y la pierdo.
No es posible que haya logrado escabullirse pensamos mi cabalgadura y yo, que hace rato somos uno.
Miro a todos los rincones imaginando su tierna y delicada piel entre mis manos. Pero no la veo.
Contrariado dejo a Monturo al borde de un estanque para que satisfaga su sed, que imagino urgente, y me alejo en su busca solo. Doy largas zanca
das resoplando, con el pasto a la altura de las rodillas mojándome los pantalones, hasta que cabizbajo decido volver.
El equino en su instintiva comprensión parece adivinar mi tristeza.
—Vamos —le digo— mi padre no va a creer que casi llevo liebre para la cena.