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miércoles, 9 de diciembre de 2009

Bienvenido pibe!

Manón es pobre. Pobrísima. Vive en una casa gris y descascarada que heredó de sus padres. El jardín, luminoso, tiene el pasto my alto y lleno de malezas. De la mata de rosa mosqueta plantada por su mamá no queda ni rastro. Lo único entero y mantenido que tiene es el tejido de gallinero que lo cerca. Para que no se escapen los gatos.

Manón ama los gatos. Tiene veinticinco y recuerda el nombre de cada uno de ellos. Jamás se equivoca al llamarlos, aunque a simple vista o para el ojo no experimentado sean todos iguales: barcinos.

Vive por y para ellos: los cuida cuando están enfermos, los abriga cuando tienen frío y los vela, llora y entierra cuando mueren.

También los alimenta, y ése es su mayor problema.

El día que empecé a trabajar me advirtieron sobre ella:

—Vas a ver una mujer que usa mucha ropa, una cosa arriba de la otra: dos polleras, un gorro encima de otro, pantuflas con varios pares de medias y un tapado gris. Parece vieja. No dejes de vigilarla. Seguila siempre.

Después me explicaron que no era una ladrona común ni una descuidista de supermercado, de ésas ávidas de emociones fuertes que se conforman con robar alguna chuchería. No, Manón, aunque no parezca, es casi profesional, me dijo mi jefe, sistemáticamente roba comida y juguetes. Para los gatos.

Desde que la vi quedé seducido e intrigado por el secreto misterio de esa mujer de ajados ojos grises, transparentes.

Obediente a la primera orden no dejé de seguirla. La seguí hasta su casa y aprendí mucho sobre ella. Con el tiempo casi llegamos a hacernos amigos.Pero no pude evitar que robara. No pude. Ella empezaba a caminar entre las góndolas y como al descuido, mirando hacia otro lado, embolsaba paquetes de ración que escondía en los gigantescos bolsillos de sus múltiples sacos. Nunca supe como hacía para, sin mirar, elegir los más caros. Recomendé al supervisor que los cambiara de lugar, pero ni aún así pudimos engañarla.

Siempre compraba algo, barato, por lo que se liberaba de que la revisaran. Además nadie la hubiera tocado, ni a su ropa, ni se le hubiera acercado demasiado. Por el olor. Era tremendo.

En mi segunda semana de trabajo quise dejarla en evidencia. Claro, era “el nuevo” y quería hacer méritos. Ja! “el vigilante del mes”, idiota. Nunca pensé que la loca iba a ser mi derecho de piso.

—Señora, le voy a pedir que se saque el tapado y vacíe los bolsillos —le dije con la voz más segura e impersonal que pude, a la salida de las cajas.

—¿Cómo? —me miró indignada.

—Señora, sabemos positivamente que en el bolsillo derecho tiene un kilo de WHISKAS sabor salmón y en el izquierdo dos ratones a cuerda y una madeja de lana roja.

—Usted ¿me está acusando de algo? ¡Cómo se atreve! —y sin dejarme chistar agregó— ¡Quiero hablar con el encargado de la sucursal!

Cuando miré a mi alrededor, buscando apoyo, vi que el mundo entero hacía fuerza para no reirse. Llegó la encargada, taconeando apurada, y antes que Manón la viera me palméo la espalda y con la boca apretada me dijo:

—Bienvenido pibe!

martes, 15 de septiembre de 2009

tras la presa


La mañana está fresca pero limpia. El viento del mar acaba de correr las últimas nubes. El sol brillante condensa las minúsculas gotas de rocío que perlean el pasto verdísimo. Yo camino —con las manos en los bolsillos y la tibia bufanda de lana tapándome casi la totalidad de la cara— pisando los frescos y crujientes tréboles del campo. Me felicito por haberme puesto botas de goma, de lo contrario mis pies estarían empapados.
Llego hasta el borde del acantilado y respiro hondo, muy hondo. En las narinas me duele el aire invernal, pero no dejo que me amedrente. Lo que sí me asusta es el abismo, no oso mirar hacia abajo por miedo a la tentación de Thánathos.
Me alejo del peligro y busco a mi caballo, que está aprovechando su rato de libertad para trotar en la hondonada. Su negro pelaje brilla como recién lustrado y su crin se sacude al ritmo del movimiento. Veo como a cada uno de sus contundentes pasos saltan cientos de gotas de agua —pequeños tornasoles brillantes— y mínimas partículas de polvo provenientes de la tierra.
Monturo responde con un corto galope a mi agudo silbido. Lo trepo con relativa facilidad aunque es un animal muy grande.
Entonces la veo. Es tal como me gustan: gorda pero ágil, bella.
Me mira con esos ojos pardos y profundos que transmiten toda una vida de salvaje y feliz contacto con la naturaleza.
Me digo que tiene que ser mía, como es mío todo lo que está al alcance de mi vista.
Ella parece adivinarlo porque se echa a correr. Animado la sigo en alocada carrera hasta que nos internamos en el bosque sombrío y espeso. Las ramas de los pinos hieren mi rostro.
Me distraigo un instante y la pierdo.
No es posible que haya logrado escabullirse pensamos mi cabalgadura y yo, que hace rato somos uno.
Miro a todos los rincones imaginando su tierna y delicada piel entre mis manos. Pero no la veo.
Contrariado dejo a Monturo al borde de un estanque para que satisfaga su sed, que imagino urgente, y me alejo en su busca solo. Doy largas zanca
das resoplando, con el pasto a la altura de las rodillas mojándome los pantalones, hasta que cabizbajo decido volver.
El equino en su instintiva comprensión parece adivinar mi tristeza.
—Vamos —le digo— mi padre no va a creer que casi llevo liebre para la cena.